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La 236

Rayan, uno de los jóvenes que participó en las olimpiadas muestra la medalla de bronce. Foto: VirginiaMartínez.
Adriana, una de las maestras (i) y Carlitos, ex alumno de la escuela, actualmente el cocinero (d). Foto: Virginia Martínez.
Un alumno de la escuela 236 trabaja en el salón de clase. Foto: Virginia Martínez.
Alumnos de la escuela trabajan en el taller de lanar. Foto: Virginia Martínez.
Alumno de la escuela 236 en uno de los patios.Foto: Virginia Martínez.
Isabel, la directora de la escuela 236.Foto: Virginia Martínez.
Jorge, Carlos, Marcos, Rayan y Horacio, alumnos de la escuela 236 que participaron en las olimpíadas de Grecia representando a Uruguay. Foto: Virginia Martínez.
La directora Isabel, muestra la placa que el Municipio A le obsequió a la escuela, en reconocimiento de la medalla de bronce obtenida por alumnos en las olimpíadas de Grecia. Foto: Virginia Martínez.
Alumno de la escuela 236 en el taller de carpintería. Foto: Virginia Martínez.
Alumnos de la escuela 236 durante la clase. Foto: Virginia Martínez.
Alumnos de la escuela 236 durante la clase. Foto: Virginia Martínez.
Alumnos de la escuela 236 en uno de los patios. Foto: Virginia Martínez.
María de los Ángeles, hace un dibujo para decorar la puerta de su salón en la escuela 236. Foto: Virginia Martínez.
Alumnos de la escuela 236.Foto: Virginia Martínez.
La escuela Nº 236 atiende a niños/as y jóvenes con discapacidades múltiples. Algunos jóvenes participaron de las olimpíadas en Grecia y ganaron una medalla de bronce.

Capacidades diferentes

Se sienten los aromas de algunas plantas. Sobre la calle Islas Canarias (antes Ganaderos), al norte de Nuevo París, está ubicada la escuela Nº 236 de discapacidad, a 10 minutos de Paso Molino. Sólo dos ómnibus pasan por allí.
Héctor Vigil, era propietario de una gran quinta que es ahora el territorio de la escuela; de ahí proviene la hermosa naturaleza. En 1975, se da una eclosión en Uruguay de escuelas “especiales”; Vigil dona su terreno a lo que fue, en sus inicios, una escuela de fonoaudiología. Hoy, en un contexto muy pobre, la escuela Nº 236 atiende a 103 niños y niñas y jóvenes, desde los 8 años y sin límite de edad (actualmente hay hasta 38 años) con discapacidades múltiples.
Entre un extenso paisaje verde, que dan diferentes especies de árboles y plantas, un gran mural gris con la frase “luchamos por la vida”, recibe a cualquier persona que viste la escuela, en su horario de 9 a15.
Santa ritas, pitangueros, palmeras, completan el decorado externo. “Algunas especies son traídas de Europa”, cuenta Adriana, una de las maestras. Cada especie posee un cartel que la distingue, una de las tantas cosas que los chicos/as hacen y  aprenden en el taller de agraria.
Los colores abundan por doquier. Las paredes de todos los salones (de adentro y de afuera) lucen obras de arte de los propios escolares. En cada uno -algunos precarios por los robos que la escuela ha sufrido- niños y niñas trabajan a su ritmo muy concentrados. Algunos sonríen, otros me miran con seriedad y desconfianza. Cada salón expone algún dibujo, algún collage. María de los Ángeles, de 12 años pinta una cadena de muñecas en papel para la puerta de su salón. Se muestra tímida pero más tarde me sorprende tapándome los ojos para que adivinar quién es. Es fácil percibir, que el cariño y la afectividad no faltan en la escuela.
Cabezita, Lobizón, Duende y Pintado son las mascotas de la escuela; algunos, más viejos que otros, renguean al caminar y ladran con poca ganas.
Entrando en un gran salón, percibo olor a comida recién hecha. “Carlitos hizo curso de gastronomía y ahora está trabajando en la cocina de la escuela”, me explica Adriana. Estofado de pollo con arroz era el menú del día.
Al fondo, una huerta con habas y arvejas muy cuidada y un invernáculo donde los/as alumnos/as plantan rabanitos, lechugas, tomates y otras verduras, dan cuenta de lo que ellos/as forjan y aprenden. Al costado del invernáculo, el taller de carpintería. Sobre uno de los costados de la escuela -entrando a la derecha- algo escondidos y pintados de colores, hay juegos de maderas comunitarios: “los pueden usar niños o niñas de cualquier ONG o del Socat que funciona acá mismo”, explica Adriana.
En otro patio, un grupo de jóvenes, ya no tan niños, juegan al voleibol y otro hace gimnasia con Daniela, la profesora. En la escuela 236, no suelen recibir visitas, pero tampoco se les da importancia en el momento de jugar y divertirse. Aunque siempre hay excepciones: Mauro, un chico con discapacidades intelectuales muy severas, se acerca y me abraza por un largo rato. No le entiendo sus palabras, pero no hace falta.

Un ejemplo, un orgullo
En junio de 2011, Jorge, Horacio, Marcos, Rayan y Carlos –que tienen entre 18 y 33 años- participaron de las olimpíadas en Atenas (Grecia) y ganaron una medalla de bronce en basketball y fútbol. “Para mí, para todos mis compañeros y para todos los familiares fue un orgullo representar a Uruguay y algo que nunca había soñado, nuca pensé salir del país”, dice Rayan. Los demás se muestran muy tímidos, ninguno habla pero se les nota un brillo en la mirada al escuchar a Rayan recordando esos momentos. Los cinco llevan en su cuello la medalla. “Isabel nos dijo que venían a entrevistarnos, entonces para estas ocasiones la traemos”, afirma Rayan riendo.
En setiembre la escuela 236 participó en uno de los encuentros deportivos y culturales “Mario Benedetti” organizado por la Junta Departamental y los Municipios, en el marco del Bicentenario. El Municipio A les obsequió una placa en reconocimiento a su esfuerzo y su desempeño en las olimpíadas.
Ahora los chicos se preparan, primero para un partido en Lavalleja y luego en Rivera “si ganamos los dos vamos a Paraguay”, dice Horacio.
Siendo cómplice y testigo de la conversación, Maura -la mamá de Horacio- les dio una gran sorpresa:
- Hay otra noticia –dijo con tono misterioso y guiñándome un ojo. En marzo se irían a Costa Rica.
Se miraron, con sonrisas que iban de lado a lado de su rostro y alzaron los brazos y las manos, más felices que nunca. El grito avasallador de alegría se hizo sentir.
- ¡Ah que lindo! –exclamó Rayan frotando las manos. Vamos a tener que hace un esfuerzo grande”, confesó con humidad.
La mamá de Horacio cuenta que los chicos habían participado en Salto pero “que mi hijo fuera a las olimpíadas, fue algo maravilloso que nunca imaginé", dice orgullosa y feliz. Respecto a su hijo, cuenta que Horacio, especializado en la parte agraria, ingresó a la escuela por segunda vez porque no conseguía realizar sus capacidades y “el mismo no quería estar sin trabajar”.

Abordajes en la educación con discapacidad
Desde inicial, hasta primaria y talleres carpintería, tecnología alimentaria, telar, agraria y educación física, conforman la educación que aborda la escuela para los alumnos/as con discapacidad.
El taller Agraria esta dividido en dos partes: uno por el que pasan todos los alumnos y alumnas porque es parte de la base curricular y la parte más específica que tiene una carga de formación, que lo realizan los alumnos que son mayores de 14 años “porque tratamos de darles herramientas para que puedan ser incluidos en el mercado laboral”, indica Isabel, al directora. Juan Carlos, uno de los alumnos, trabaja en el jardín de una casa del Prado, a través de una propuesta que llegó a la escuela. Henry, un ex alumno, es semillero en el Jardín Botánico, en convenio con la Intendencia de Montevideo (IM). Otros se desempeñan en estaciones de servicio y los más audaces han puesto su propio negocio en el área de la gastronomía hotelera. De acuerdo a la demanda del mercado laboral y a las capacidades de cada uno, estos jóvenes con discapacidad son preparados para no quedar afuera del sistema, tanto laboral como social.
Una parte de las plantaciones, las que tienen mejor calidad se vende, otra se usa en el comedor y otra parte se la llevan los alumnos a la casa, “para  mostrar a la familia que son capaces, con su trabajo, de obtener varios productos”, manifiesta la directora. De las ventas, el 50% son ingresos para el grupo, para paseos o cualquier actividad que ellos quieran hacer en conjunto y el otro 50% para la escuela, para la compra de semillas, abonos, alimentos para comedor.
Estudiantes de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República trabajan, en conjunto con la directora y las maestras, en aquellos casos posibles de ser atendidos por una asistente social. A partir de allí comienza un seguimiento que es también con el hogar, aunque a veces, según Isabel, los padres no se acercan.

El sostén
Isabel, la directora, ingresó a la escuela en el 2004, a través de un concurso de primaria. “Toda la vida trabajé en escuelas agrarias y de discapacidad y además me crié en Progreso, una zona agraria. Me gusta la tierra”, confesó. La directora y las maestras luchan todos los días en un contexto muy pobre, de asentamientos. “Los propios padres (los que viven en asentamientos), a veces te dicen que no llevan a sus hijos a la escuela porque allí no aprenden nada”. No todos los chicos/as que van a la escuela son de asentamientos pero sí un alto porcentaje. Más allá de la discapacidad intelectual o física que presentan los jóvenes y niños/as, Isabel manifiesta una gran preocupación por la “discapacidad social”, al reproducirse varias generaciones en asentamientos que provocan cada vez más discapacidades, en los integrantes de la familia. “Nosotros que trabajamos acá entendemos mucho como es la dinámica social del asentamiento, lo tomamos como nuestra realidad y la modificamos para poder incorporar el componente educativo”.
No es tarea fácil educar a niños, niñas y jóvenes de ciertos contextos, que no tienen incorporadas ciertas normas, reglas o costumbres y, especialmente cuando la escuela, como institución educativa, permanece ausente en la familia. Una realidad que no escapa a la escuela 236 y quizás a otras tantas. “Es un gran desafío para el que hay que estar preparado y es muy importante hacerlo de corazón porque si trabajas en una escuela especial por el sueldo, siempre van a existir problemas”, expresa Isabel. Para ella, quien es el principal sostén de la escuela, es fundamental lograr una relación afectiva a la hora de abordar a un chico con discapacidad y, para poder obtener los aprendizajes, aunque después se necesiten otras formaciones propias del sistema educativo.  
- ¿Qué sucede cuando un/a alumno/a se porta mal?
- Ellos saben que venir a la dirección no es venir a estar en penitencia, sino que significa venir y conversar conmigo que no necesariamente lo tenemos que hacer en la dirección, lo podemos hacer en el patio o en cualquier lugar. Y siempre tenemos que estar a la misma, es decir que si hablamos con un niño pequeño nos agachamos y brindamos toda nuestra afectividad que se trasmite a través de nuestro cuerpo, de tonos y gestos. Si por dentro pensás ‘ah, porque tengo este niño acá’, el niño lo siente.

Un caso particular
Mientras conversaba con Adriana e Isabel, María Esther, un niña de 12 años, entró sigilosamente a la dirección y murmurando se abrazó con Adriana. Y así quedó por un largo rato.
La pequeña sordomuda, vive en el barrio 6 de diciembre y pertenece a los casos en que la escuela siempre estuvo ausente en su familia. “Es un caso que logramos recuperar. Pedimos ayuda a la escuela de discapacitados auditivos. Cuando vino la maestra itinerante la vio y dijo que lengua de señas con María Esther era imposible”. Pero Isabel y las maestras, no bajaron los brazos. Gracias a su capacidad cognitiva y a través de la quino terapia, la niña pudo comunicarse e introducir la lengua de señas. A su vez, Natalia -estudiante de Ciencias Sociales-, instaló en la computadora un sistema de comunicación de señas para ayudar a María Esther, a la maestra y a todos nosotros y de esa forma se descubrió que “no era tan discapacitada como parecía, sino que no tenía oportunidades. Su hermana aprendió en la escuela el nuevo lenguaje y lo enseñó al resto de la familia”, cuenta Isabel. 

Seguro que es “especial”
“Las escuelas rurales tienen que ser el entorno cultural de la zona”, hace referencia la directora a Freyre, un pedagogo. Y eso es justamente lo que intentan hacer Isabel y el grupo de maestras de la escuela 236; una escuela mayoritariamente agraria con sus normas y políticas propias como todas las instituciones. “En esta escuela hay reglas y una de ellas es que damos un beso y un abrazo a la entrada, damos un beso y un abrazo como premio por lo mínimo que los chicos/as hayan hecho, el avance que hayan logrado y damos un beso y un abrazo a la salida”, dice Isabel con su dulce voz y pausada, muy adecuada para el trato con niños/as discapacitados. De seguro que la afectividad no está ausente y eso se refleja, porque quien no se acerca, mira con ternura; quien se acerca es para dar un beso, la mano o un abrazo. En la escuela 236, todos son bienvenidos.
Sin salirme de las reglas, saludo al retirarme. Al marcharme uno de los perros me ladra como despidiéndome; no se cuál es pero no importa y siento los pájaros como los escuché al llegar. Siempre cantaron, también.

Virginia Martínez.

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